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La ubicación de Peñaranda sólo puede explicarse por estar situada en un cruce de caminos. Sin río del que obtener el agua, la escasez era permanente.

El líquido elemento se conseguía de las pequeñas charcas que rodeaban la población: La Poza, El Reguero, El Pradohorno, San José, Las Pocillas, el mítico Charco de las Brujas y Los Adobes, utilizada como su nombre indica para extraer el material que servía para la construcción. También, existían manantiales en los que se situaban fuentes y, más tarde, lavaderos: San Lázaro, El Inestal y El Reguero.

El Concejo, desde sus inicios, se preocupó de dotar a la villa de fuentes que se surtían de manantiales. La más importante era la Fuente Mayor, en la actualidad de Los Cuatro Caños. Durante siglos, muchos recursos económicos de la villa se dedicaron a estas obras de conducción de agua. En muchas casas había pozos, pero, por lo general, su agua no era potable.

En el segundo cuarto del siglo XX, la conducción de agua desde el llamado Río San Pedro permite la instalación de agua corriente en las casas. Pero, dada la escasez del caudal, el agua sólo puede distribuirse durante unas horas. Después de muchas dificultades, la obra cumbre del siglo XX es la realización de la presa llamada, con razón, El Milagro. Fue inaugurada en 1970.

A la falta histórica de agua se une la mala suerte de la ciudad con el fuego. Los incendios en muchas localidades, provocados por velas, chimeneas o cocinas, eran habituales en aquella época. Pero, en Peñaranda hay que añadir los ocasionados por cohetes, la parroquia se incendia en 1893; estallidos, como el de de 1707 en el Estanco de la pólvora, situado en la calle de Bodegones, que causa 30 muertos y afecta a numerosas edificaciones, incluida la parroquia. Uno de los más conocidos es el del Polvorín, depósito de munición en la estación del ferrocarril, que, en 1939, causa más de 100 muertos, 1.500 heridos y grandes destrozos en todas las edificaciones de la ciudad.

Las fábricas de la ciudad también han sufrido incendios a lo largo de su vida. Aunque, es cierto que al utilizar caucho para la fabricación de calzado el riesgo de accidente se eleva. Y, para rematar la lista de catástrofes, en 1971 la parroquia arde completamente y todos sus tesoros artísticos se pierden.
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