El Viernes Santo, un niño ataviado con traje morado, color de la pasión, portando casco, escudo, lanza, espada y alas, acompaña en la procesión del Santo Entierro a la Cofradía del Cristo de la Cama. Desfila detrás de los niños que portan las insignias de la Pasión y delante de la urna del Cristo. Es como si abriera paso al Jesús del que San Miguel siempre ha sido defensor.
El mismo niño, esta vez ataviado con traje rojo, color del triunfo sobre la muerte, y con los mismos ornamentos del Viernes Santo, acompaña a Jesús Resucitado. Precede su paso por las calles peñarandinas en la mañana del Domingo de Resurrección, en el desfile que lleva al triunfante Jesús a encontrarse con la Virgen de la Soledad. San Miguel es el encargado de anunciar a la doliente madre que su hijo ha resucitado. El Arcángel es elevado a la carroza de la Virgen y, con unos versos, anuncia lo siguiente:
Buenos días Virgen Santa
llénate de regocijo
que según la Iglesia canta
ya resucitó tú Hijo.
El Ángel San Miguel soy
nada temas, Reina mía
que este luto desde hoy
se convierta en Alegría
Cuando termina de recitar, el Arcángel retira el velo de luto a la Virgen y la procesión continúa hacia la Iglesia parroquial, pero el paso es más alegre y las bandas de música agilizan su marcha.
El niño que representa a San Miguel es elegido por los Mayordomos del Año de la Cofradía del Cristo de la Cama. Y, como se recuerda en la crónica del año 1802, recogida en el libro de la Cofradía, están obligados a regalarle la vela que el Niño ofrecerá en la llamada procesión de la Vela, el Viernes Santo por la mañana.